COMPROMETIDOS CON LOS DEMÁS – “Crecer hacia adentro”. Parte 2
Expositor: Todd Tillinghast
La vida cristiana no fue diseñada para vivirse en aislamiento, sino dentro de una comunidad vibrante y comprometida. En este estudio de hebreos 10:19-25, comprendemos que la iglesia no es solo una suma de individuos, sino un cuerpo sagrado apartado por Dios para Sus propósitos eternos. Nuestra identidad se fundamenta en el paso del “yo” al “nosotros”, reconociendo que nuestra mayor distinción frente al mundo es el amor sacrificial que nos profesamos. Estar conectados significa entender que nuestra salud espiritual depende de la calidad de nuestras relaciones internas.
A continuación, exploramos cuatro dimensiones esenciales para vivir este compromiso mutuo de manera práctica y profunda.
1. Confianza en nuestra relación con Dios
Tener confianza en Dios es el fundamento absoluto sobre el cual se construye cualquier relación saludable dentro de la iglesia local. Según Hebreos 10:20, gracias al sacrificio de Jesús, hemos recibido la libertad de acercarnos al trono de la gracia sin temor ni barreras legales. Esta confianza no debe ser un concepto meramente intelectual, sino una realidad que nos impulse a actuar y a buscar Su presencia de manera constante y activa. Al permanecer conectados verticalmente con nuestro Creador, recibimos la paz y la dirección necesarias para convivir armoniosamente con los hermanos. Sin una comunión íntima con Dios, nuestro compromiso con los demás carecerá de la paciencia y el amor que solo el Espíritu Santo puede proveer. Por lo tanto, acercarse a Dios en plena certidumbre de fe es el primer paso para fortalecer los lazos de unidad en el cuerpo de Cristo.
2. Firmeza en nuestra confesión Mantenerse firme en nuestra confesión, como señala Hebreos 10:23, es un acto que trasciende la esfera de la devoción personal y privada. Esta confesión representa el núcleo de nuestras creencias compartidas y la esperanza que nos sostiene como comunidad redimida ante las pruebas del mundo. Al recordar colectivamente lo que creemos, protegemos a la iglesia de las corrientes doctrinales que intentan desviarnos del camino de la verdad. La firmeza de uno se convierte en el apoyo del otro, creando un entorno de seguridad donde todos crecen bajo una misma visión espiritual. Es vital que hablemos constantemente de nuestra fe, reforzando las verdades bíblicas en nuestras conversaciones cotidianas para que nadie desmaye. Nuestra esperanza es inquebrantable porque quien hizo la promesa es fiel, y esa fidelidad es el ancla que nos mantiene unidos a pesar de las circunstancias.
3. Estimularnos al amor y a las buenas obras
El mandato de Hebreos 10:24 nos invita a una introspección profunda sobre nuestra actitud hacia los demás miembros de la congregación. El concepto de “estimular” implica una provocación intencional y positiva, donde nuestra prioridad no es evaluar qué beneficios podemos recibir de los otros. Por el contrario, el creyente comprometido debe considerar diligentemente cómo puede inspirar a sus hermanos a actuar con amor y a involucrarse en el servicio. Esta dinámica requiere que estemos atentos a las necesidades del prójimo, buscando siempre oportunidades para animar, fortalecer y activar los dones que Dios ha puesto en cada persona. Cuando el servicio se vuelve el motor de nuestra convivencia, la iglesia se transforma en un testimonio vivo del poder restaurador de Dios. La provocación al amor es la herramienta principal para combatir el egoísmo y la indiferencia que a veces intentan filtrarse en la comunidad.
4. La importancia de no dejar de congregarnos La reunión física y espiritual del pueblo de Dios es un elemento no negociable para el crecimiento integral de cada seguidor de Jesucristo. Hebreos 10:25 nos advierte que no debemos abandonar este hábito, pues es en la congregación donde se manifiesta la plenitud de lo que cada miembro tiene para ofrecer. Necesitamos desesperadamente lo que el otro posee: su palabra de aliento, su oración, su testimonio y su servicio práctico en beneficio de todos. El cuerpo de Cristo se debilita cuando una de sus partes se ausenta, privando al resto de la riqueza espiritual que Dios ha depositado en ese individuo. Congregarse no es cumplir con una tradición religiosa, sino participar en un diseño divino de interdependencia donde nos cuidamos mutuamente. En la presencia de los hermanos, encontramos el refugio y la fuerza necesaria para perseverar hasta el día en que Cristo regrese por su iglesia.
En conclusión, el compromiso “hacia adentro” es lo que otorga a la iglesia su verdadera fuerza y resiliencia ante los desafíos externos. Al vivir en confianza con Dios, firmes en nuestra fe, estimulándonos al amor y asistiendo con fidelidad a nuestras reuniones, cumplimos el diseño original para el cual fuimos llamados. No somos piezas sueltas, sino piedras vivas integradas en un edificio espiritual que refleja la gloria del Padre. Que nuestro compromiso mutuo sea el sello que nos identifique como verdaderos discípulos, recordando que en la unidad del cuerpo encontramos nuestra mayor protección y nuestro más alto propósito.

