PARTE 3: ¿CÓMO SOY LLAMADO A AMAR? (Romanos 12:9-21)
Serie: ¿Quién es Dios? ¿Quiénes somos nosotros?
Parte 3: ¿Cómo soy llamado a amar?
Pastor Todd Tillinghast
Romanos 12:9–21 nos presenta una visión profunda y práctica de cómo debe verse el carácter cristiano en la vida diaria. Más que una lista de buenas intenciones, este pasaje describe el estilo de vida al que somos llamados como seguidores de Cristo: un amor auténtico, visible y transformador.
El texto comienza estableciendo el fundamento: «Que el amor sea sincero». El amor cristiano no es superficial ni hipócrita. No es simple amabilidad ni cordialidad dominical. Es un amor real que nace de un corazón transformado por Dios. Implica aborrecer lo malo y aferrarse a lo bueno, desarrollando una sensibilidad espiritual que rechaza lo que destruye y abraza lo que edifica.
Este amor se expresa en el trato diario con los demás. Somos llamados a amarnos con afecto fraternal, a mostrarnos honra unos a otros y a preferirnos en respeto. Honrar no es solo ser educado; es valorar, proteger la dignidad del otro, hablar bien de quienes no están presentes y resolver los conflictos con madurez y gracia. Significa competir no en superioridad, sino en mostrar más amor, más respeto y más consideración.
El pasaje también amplía este llamado más allá de nuestras relaciones cómodas. No se limita a quienes nos tratan bien. Incluye a quienes nos hieren, nos contradicen o nos persiguen. Se nos exhorta a bendecir y no maldecir, a no pagar mal por mal, a buscar la paz en la medida de lo posible y a dejar la venganza en manos de Dios. Vencer el mal con el bien no es debilidad; es fortaleza espiritual.
Además, se nos anima a vivir en armonía, practicando la humildad y evitando la arrogancia. La comunidad cristiana está llamada a reflejar unidad en medio de la diversidad, asociándose con todos sin distinción y mostrando una alternativa clara a la cultura de orgullo, división y confrontación constante.
El pasaje también reconoce la realidad del sufrimiento y la dificultad. Por eso nos llama a regocijarnos con los que se alegran y a llorar con los que lloran. Amar implica presencia. Implica acompañar tanto en los momentos de celebración como en los tiempos de dolor.
Finalmente, Romanos 12 nos recuerda la actitud que sostiene todo este llamado:
- Regocijarnos en la esperanza.
- Ser pacientes en la tribulación.
- Perseverar en la oración.
La esperanza nos permite vivir con gozo aun en medio de circunstancias difíciles. La paciencia nos sostiene en la prueba. Y la oración constante es la fuente de la fortaleza que necesitamos para amar como Dios nos llama a amar.
Este estilo de vida no es natural; es el resultado de una vida rendida al Señor. Cuando practicamos este amor sincero, nuestra iglesia se convierte en una comunidad marcada por la unidad, el honor y la gracia. Y cuando el mundo observa cómo nos tratamos, puede ver un reflejo claro del carácter de Cristo.

