¿DE DÓNDE VIENE MI AYUDA? – “Afirma la obra de nuestras manos” (Salmo 90)
Facilitador: Pastor Todd Tillinghast
El Salmo 90 es un salmo muy apropiado para la temporada que estamos viviendo como iglesia. Es el único salmo escrito por Moisés y el más antiguo del Salterio. Moisés lo escribe al final de su vida, después de haber visto a Israel atravesar años de dificultades, desobediencia e inmadurez.
El salmo nos recuerda que nuestra vida es breve, que nuestro tiempo es limitado y que Dios nos ha dado una obra que cumplir. Por eso, la oración de Moisés es que Dios nos enseñe a contar nuestros días y confirme la obra de nuestras manos.
1. La urgencia de nuestra obra
Nuestra vida es limitada. Moisés compara nuestros días con un sueño y con la hierba que por la mañana florece y por la tarde se marchita. En contraste, Dios permanece desde la eternidad y hasta la eternidad. Él no cambia, pero nosotros sí; nuestra vida pasa rápidamente.
Por eso debemos vivir con un sentido de urgencia. No se trata de vivir preocupados ni de perder el gozo, sino de entender que el tiempo que tenemos en esta tierra tiene un propósito.
La iglesia también tiene una obra que cumplir. No estamos aquí solamente para recibir, sino para ser preparados y salir a hacer la obra del ministerio. La iglesia nos equipa, pero la obra ocurre también allá afuera, donde vivimos, servimos y compartimos a Cristo.
Moisés había visto a Israel permanecer durante cuarenta años en el desierto, dando vueltas alrededor de la tierra prometida sin cumplir aquello para lo cual Dios los había llamado. La falta de fe y la inmadurez hicieron que perdieran tiempo que no podían recuperar.
2. La sabiduría de nuestra obra
El Salmo nos lleva a reconocer que necesitamos sabiduría para utilizar correctamente nuestros días. Moisés ora: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría».
Contar nuestros días significa reconocer que cada día tiene valor y que no sabemos cuánto tiempo tenemos. Por eso debemos preguntarnos qué estamos haciendo con el tiempo que Dios nos ha dado y si estamos viviendo de acuerdo con el propósito que Él tiene para nosotros.
La madurez también significa dejar de esperar que Dios haga todo por nosotros. Israel había visto a Dios abrir el Mar Rojo, enviar las plagas, proveer alimento y guiarlos en el desierto. Pero cuando llegaron a la tierra prometida todavía esperaban que Dios hiciera todo el trabajo. Dios quería que ellos confiaran en Él y también hicieran la obra que les había encomendado.
De la misma manera, como cristianos no podemos permanecer siempre como bebés espirituales. Dios nos salva, nos cuida y nos forma, pero también nos llama a crecer y a participar en su obra.
3. El éxito de nuestra obra
El salmo termina con una petición: «Sea la gracia del Señor nuestro Dios sobre nosotros. Confirma, pues, sobre nosotros la obra de nuestras manos».
El verdadero éxito no consiste simplemente en hacer muchas cosas, sino en que Dios establezca y confirme aquello que hacemos para Él.
Por eso la obra no puede depender solamente de unas pocas personas. Todos hemos sido llamados a participar. No se trata solamente de venir los domingos, sino de estar preparados para servir afuera, en nuestras comunidades, familias, trabajos y en aquellos lugares donde Dios nos ha colocado.
La iglesia necesita crecer en compromiso, fidelidad y consistencia. No podemos depender siempre del mismo pequeño grupo de personas mientras la mayoría permanece como espectadora. La meta es que la iglesia completa participe en la obra del ministerio.
Aplicaciones y desafíos
Debemos preguntarnos: ¿qué me ha llamado Dios a hacer? No solamente qué hago dentro de la iglesia, sino qué obra me ha confiado Dios allá afuera.
También debemos examinar nuestra consistencia. ¿Estamos siendo fieles con aquello que Dios ya puso delante de nosotros? La fidelidad comienza con pequeñas decisiones: estar, servir, comprometernos y perseverar.
No debemos permitir que los desafíos sean nuestra excusa, como ocurrió con Israel cuando vio los gigantes. Dios no nos llama a hacer la obra solos, pero sí nos llama a confiar en Él y hacer nuestra parte.
Reflexión final
El Salmo 90 nos recuerda que nuestro siguiente momento no está garantizado. Nuestros días son breves, pero Dios es eterno. Por eso necesitamos pedirle que nos enseñe a contar nuestros días y que haga de su obra y de su reino una prioridad en nuestras vidas.
La pregunta no es solamente: «¿Qué voy a hacer aquí?», sino también: «¿Qué estoy haciendo allá afuera?»
En este nuevo capítulo, el llamado es a vivir con urgencia, compromiso, fidelidad y perseverancia, confiando en que Dios puede confirmar la obra de nuestras manos para que el evangelio alcance nuestras comunidades, la ciudad, el país y el mundo para su gloria.

