CONTRIBUYENDO AL MUNDO- “Crecer hacia afuera”. Parte 3
Expositor: Todd Tillinghast
Cuando hablamos de la iglesia, es fácil reducirla a reuniones, programas o actividades semanales. Sin embargo, desde el inicio Dios diseñó a su iglesia como un pueblo vivo, en movimiento y con un propósito claro: reflejar a Cristo y anunciar su evangelio al mundo.
La iglesia no es un lugar al que asistimos, sino una identidad que vivimos. Somos el cuerpo de Cristo, conectados a la Cabeza, y enviados al mundo para ser instrumentos de su gracia.
En esta serie hemos visto que la vida cristiana implica un crecimiento integral: hacia arriba, permaneciendo conectados a Cristo; hacia adentro, comprometidos en amor unos con otros; y hacia afuera, contribuyendo activamente al mundo que nos rodea. Hechos 19:8-10 nos muestra un modelo claro de una iglesia misional: personas comunes viviendo su fe de manera intencional, estableciendo relaciones, siendo constantes en su presencia y proclamando con fidelidad la Palabra de Dios.
Las 4 maneras de ser intencionales como cristianos misionales:
1. Patrones (Hechos 19:9-10) – una vida misional constante. Muchas veces pensamos en el evangelismo como un evento aislado: una campaña, una actividad especial o una conversación ocasional con alguien que no conocemos. Sin embargo, el ejemplo de Pablo nos muestra que la misión es un patrón de vida, no un momento puntual.
Pablo predicaba cada sábado en la sinagoga, regresaba a los mismos lugares y hablaba repetidamente con las mismas personas. Él entendía que el evangelio se comunica mejor dentro de relaciones construidas con el tiempo. Durante meses y luego años, invirtió su vida en un grupo específico, formando discípulos y acompañándolos en su crecimiento.
2. Personas – misión en comunidad, no en soledad. Cuando Pablo salió de la sinagoga y se separó de quienes se oponían al mensaje, no abandonó la misión; se llevó consigo a los discípulos y formó una nueva comunidad en la escuela de Tirano. Allí, juntos, continuaron creciendo y viviendo la misión.
Este modelo refleja el ministerio de Jesús, quien llamó a sus discípulos para estar con Él y para enviarlos. Caminaron juntos, fueron transformados juntos y sirvieron juntos. La misión cristiana nunca fue diseñada para vivirse en aislamiento.
La iglesia es una comunidad que se cuida, se anima, se consuela y se desafía mutuamente, pero siempre con la mirada puesta en una misión mayor que nosotros mismos. No se trata solo de suplir necesidades personales, sino de caminar hombro a hombro, unidos en propósito, sirviendo a otros y reflejando el amor de Cristo.
3. Presencia – estar donde Dios nos ha colocado. Pablo enseñaba diariamente en la escuela de Tirano. Su impacto no fue esporádico, sino constante. La frecuencia y la ubicación importan. Él se mantuvo presente en un lugar específico, permitiendo que la Palabra de Dios transformara vidas de manera progresiva.
Hoy, Dios nos da espacios similares: nuestros trabajos, escuelas, comunidades y vecindarios. Ser misionales no siempre implica ir lejos, sino estar plenamente presentes donde ya estamos. La misión comienza cuando dejamos de ver nuestros espacios cotidianos como simples rutinas y empezamos a verlos como lugares estratégicos para el reino de Dios.
4. Proclamación – anunciar claramente el evangelio. La presencia y las relaciones son esenciales, pero no suficientes por sí solas. Hechos 19 nos dice que toda Asia escuchó la Palabra del Señor porque fue proclamada.
El evangelio no solo se vive, también se anuncia. En el tiempo correcto, con amor y sabiduría, debemos hablar claramente de quién es Jesús y lo que Él ha hecho. Dios nos llama a proclamar su mensaje a todo tipo de personas, confiando en que Él es quien transforma los corazones. Cada creyente es un mensajero del evangelio, y cada conversación puede ser usada por Dios para traer vida y esperanza.
La iglesia no existe para sí misma, sino para la gloria de Dios y el bien del mundo. Crecer hacia afuera es vivir el evangelio con intención, amor y valentía.
No somos consumidores, somos contribuyentes. Dios nos ha llamado a ser sal y luz, a proclamar su verdad y a hacer discípulos dondequiera que estemos.
El desafío es serio, porque las personas a nuestro alrededor necesitan escuchar el evangelio; es un asunto de vida o muerte.
Esto nos desafía a preguntarnos:
¿Quiénes son las personas que Dios ya ha puesto a nuestro alrededor? Nuestra familia, compañeros de trabajo, vecinos y amistades no creyentes forman parte de nuestro campo misionero cotidiano. Ser misionales significa establecer patrones intencionales de cercanía, servicio y conversación espiritual, confiando en que Dios obra a través de la constancia.

