JONÁS: FUERA DE SINCRONÍA (Jonás 1-4)
Expositor: Marielena Tillinghast
La historia de Jonás nos invita a contemplar no solo una misión desobedecida, sino también un corazón que lucha por alinearse con el corazón de Dios. Jonás fue un profeta real, llamado y conocido por el Señor, alguien que entendía su carácter y su poder. Sin embargo, cuando Dios lo envió a Nínive —una ciudad marcada por la violencia, la injusticia y el sufrimiento—, su corazón se resistió. No porque no conociera a Dios, sino porque conocía demasiado bien su misericordia.
En lugar de obedecer, Jonás huyó. Se levantó, sí, pero en dirección opuesta. Al hacerlo, quedó fuera de sincronía con la voluntad divina y su huida desató una tormenta que afectó a todos los que lo rodeaban. Aun así, Dios no dejó de obrar. En medio del caos, hombres que no conocían al Señor terminaron reconociendo su soberanía y rindiéndole adoración. Dios mostró que su propósito no depende de la perfección humana, sino de su gracia.
Cuando Jonás fue lanzado al mar, no fue abandonado. El gran pez se convirtió en un acto de misericordia, un refugio inesperado donde Dios preservó su vida. Desde allí, Jonás clamó al Señor. Sus palabras reconocieron que la salvación proviene únicamente de Dios, aunque su corazón aún no se rendía por completo. Dios, que conoce las intenciones más profundas, respondió con gracia y le dio una nueva oportunidad.
La voz del Señor volvió a llamarlo y esta vez, Jonás obedeció. Caminó por Nínive y proclamó el mensaje que le fue dado. Bastaron pocas palabras para que toda la ciudad se humillara delante de Dios. Desde el rey hasta el más pequeño, todos reconocieron su pecado y clamaron por misericordia. Y Dios, fiel a su carácter, se compadeció y apartó el juicio.
Pero el corazón de Jonás no se alegró. Lo que para el cielo fue motivo de gozo, para él fue causa de enojo. No podía aceptar que aquellos a quienes consideraba indignos recibieran la misma gracia que él había experimentado. Entonces Dios, con paciencia y ternura, le enseñó una lección sencilla pero profunda: Jonás se afligió por una planta que no sembró ni cuidó, pero no por miles de vidas creadas por Dios. Así, el Señor reveló la distancia entre su compasión y el corazón limitado del profeta.
En contraste, el corazón de Dios se manifiesta plenamente en Jesús. Mientras Jonás huyó del llamado, Jesús vino a este mundo obedientemente. Mientras Jonás prefirió la muerte antes que la obediencia, Jesús entregó su vida por amor. Donde Jonás se resistió a la misericordia, Jesús miró a los perdidos con compasión. Él vivió en perfecta sincronía con la voluntad del Padre, sometiéndose incluso cuando el camino lo llevó a la cruz.
Esta historia deja una pregunta abierta que atraviesa el tiempo y alcanza nuestro presente: ¿con qué estamos fuera de sincronía hoy? ¿A quién estamos llamados a amar, perdonar o servir, pero hemos preferido evitar? Dios sigue siendo un Dios de segundas oportunidades, que no se cansa de llamar, restaurar y enviar.
La invitación es a alinear el corazón con el suyo, a dejar de huir y a obedecer, aun cuando no comprendamos del todo; a permitir que su compasión transforme nuestra mirada y que su Espíritu nos capacite para vivir y anunciar su gracia al mundo.

