PARTE 1: ¿QUIÉN ES DIOS Y CUÁL ES NUESTRA RESPUESTA? (Romanos 11:33-12:3)
Serie: ¿Quién es Dios? ¿Quiénes somos nosotros?
Parte I: ¿Quién es Dios y cuál es nuestra respuesta?
Pastor Todd Tillinghast
En Romanos 11:33–12:3 se nos conduce desde la contemplación de la grandeza de Dios hacia una vida transformada por esa verdad. El pasaje comienza exaltando la profundidad de la sabiduría, el conocimiento y las riquezas de Dios. Sus juicios son insondables y sus caminos están más allá de nuestra comprensión. Él no depende de nadie. Todo proviene de Él, existe por medio de Él y tiene como fin su gloria. Esta visión de Dios coloca al ser humano en la postura correcta: reverencia, asombro y adoración.
A partir de esta realidad, se nos muestra que la respuesta adecuada a las misericordias de Dios no es solo verbal, sino existencial. La verdadera adoración abarca toda la vida. Se nos llama a presentarnos como «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», lo cual describe una entrega continua y consciente de nuestro ser. Ya no se trata de rituales externos, sino de una rendición interna que se refleja en la manera en que pensamos, decidimos y vivimos cada día.
Esta vida de adoración se manifiesta, en primer lugar, en una mente renovada. No debemos conformarnos a los patrones de un sistema que vive de espaldas a Dios, sino que debemos permitir que su verdad transforme nuestra forma de ver la realidad. Al ser renovados en nuestro entendimiento, aprendemos a discernir la voluntad de Dios, descubriendo que sus caminos son buenos, agradables y perfectos, aun cuando no siempre los comprendamos completamente.
En segundo lugar, esta transformación se expresa en una actitud de humildad. Reconocemos que todo lo que somos y tenemos proviene de la gracia de Dios. Esto nos libra del orgullo, de la autosuficiencia y de una visión exagerada de nosotros mismos, y nos lleva a vivir con sobriedad, dependencia de Dios y servicio hacia los demás.
Así, la adoración deja de ser un momento aislado y se convierte en un estilo de vida. Nuestra relación con Dios impacta la manera en que nos relacionamos con el mundo, con la Iglesia, con nuestras familias y con cada persona a nuestro alrededor. Vivir para su gloria, con un corazón rendido y una mente transformada, es el fundamento de una fe madura, práctica y visible.

